|
De cómo
La Renga se hizo grande, aún a su pesar
Es lo que hay
Una cierta
mirada sobre el fenómeno masivo que arrastró consigo a una
banda de barrio, hasta convertirla en número top del rock
argentino. Códigos de convivencia urbana nunca explicitados
pero respetados a full, pequeñas historias de amistad y
cotidianeidad, un confuso pero contundente ideario político
(la estrella no es otra cosa que eso, ¿no?) y una forma
tradicional de entender y hacer rock and roll, condensados en
un nombre.
Dentro de
unos 30 años, cuando los posibles manuales de historia
rockera intenten desentrañar el significado de un grupo
llamado La Renga, acaso empiecen y terminen su búsqueda aferrándose
a lo esencial (o lo mínimo). Esto es, fragmentos de un par de
canciones. Podrían elegir cualquiera. Podrían ser éstas:
"Hoy voy a bailar a la nave del olvido/ olvido mi gotera
y mi ración criminal/ Zapatos embarrados, vuelvo algo
mareado/ esquivando charcos, todo va a despertar/ La Perito
sigue desierta, y el sol que hizo invisible/a la luna de
Pompeya" ("Voy a bailar a la nave del olvido").
"Cuando el mundo no tiene respuestas/ o se vuelve
incomprensible/ yo sigo acá, insoportablemente vivo"
("Cuando vendrán"). Los peritos lingüistas-rockeros
dirán, entonces: "realismo mágico-barrial, tardío",
y existencialismo tosco, fuera de época, respectivamente.
Hoy, cuando todavía es siglo XX, quizá sea más útil el
testimonio de cualquier allegado al grupo. Por ejemplo el de
Eduardo Gervasio, músico y amigo que hizo teatralizaciones en
varios shows de la banda: "Con Gustavo (Chizzo), una vez
fuimos a un cumpleaños medio caretón. Caímos de garrón,
era la época de "Bailando en una pata". Me acuerdo
que pasamos ese tema y las minitas se recoparon: todas
bailando enloquecidas ante la mirada incomprensible de las
abuelas. Esa noche nos quedamos solos con las pibitas, una
abuela y una tía. Se habían ido todos y nos copamos cantando
"La balada del diablo y la muerte" y "Escaleras
al cielo" hasta las 8 de la mañana. El Chizzo, para
matizar, le tocó un tango a la abuela. El es así de
simple".
El es así. La Renga es así. Buena parte del rock argentino
de los '90 es así. Aunque dentro de treinta años los sociólogos
encuentren en el individualismo, el consumo histérico y el
hedonismo las pautas culturales que definen esta década, en
las esquinas de Mataderos (la de Directorio y Escalada, una más
de tantas, y en este caso paradigmática sólo por casualidad)
se manejan todavía códigos inmutables, ajenos a los vaivenes
de tendencias, vanguardias y revivals. En ese lugar, donde la
leyenda de cuchilleros y matarifes es casi tan fuerte como la
de La Renga. Sólo que el mito se agiganta más allá. Aunque
adentro todos conviven naturalmente con la historia, que se
remonta hacia 1988, y habla de zapadas en la calle, de los
hermanos Iglesias, uno (Tete), rockero a lo Vox Dei, el otro
(Tanque) metalero de los de antes, habla también de Chizzo,
que vive "cinco cuadras más allá", y escuchó, a
instancias de su padre, en un Winco, todos los discos de rock
and roll de los 50. La historia es simple, habla también de
instrumentos que se enchufan afuera, en la vereda, de unos
vecinos que se enojan, otros que se prenden (de puro curiosos)
en la zapada interminable. Varios años después, a despecho
de miles de discos vendidos, de casi setenta mil iguales que
los siguen en peregrinación laica al estadio de Huracán, se
verifica una imagen similar, contada por Claudio Calderón,
amigo del barrio, músico, percusionista invitado en el "Blues
de Bolivia" (en ese orden de prioridades): "Un día,
cuando ya eran famosos, hicimos un asado en una esquina bien
bardo del barrio, de esas en las que la yuta siempre se lleva
gente. Armamos un escenario, llevamos los equipos y nos
pusimos a tocar covers de los Redondos. Hasta que cayó Chizzo
a tocar: fue una fiesta. Vino la gente con las heladeritas
después de brindar con sus familias. Y hasta las ocho de la
mañana no paramos". Es que aún hoy todo el universo de
La Renga podría condensarse rastreando en la elección de los
covers que tocaron en el mítico club Larrazábal, cuando
amanecía el primer día de 1988: "A nadie le interesa si
quedás atrás" (Vox Dei), "Cosas rústicas"
(Color Humano), "Up in the Corner" ("En la
esquina", Creedence).
Más temprano o más tarde (según como se quiera ver), la
industria acabó sacándole provecho al asunto, y el reaseguro
para un máximo provecho era no desvirtuarlo. Por mantenerlo
virgen, "auténtico". El primer sello multinacional
que entendió el negocio del rock barrial fue Polygram.Adrián
Muscari, ex director artístico del sello y responsable de la
contratación del grupo en 1994, recuerda ciertas condiciones
básicas: "Siempre tuvieron una postura muy clara: sus
obras debían quedar como ellos las proponían. Era necesario
que la compañía respetara todo lo que hacían artísticamente.
Nosotros teníamos la opción de aceptarlo o no. Por supuesto,
las aceptamos, aunque hubo algunas resistencias internas
normales: una vez alguien de Polygram dijo que la foto del
parto que aparece en uno de sus discos era muy fuerte. Sin
embargo, para mí era muy natural".
Recién cuando grabaron Despedazados por mil partes (el mejor
disco de su carrera, para el que debieron encerrarse durante
30 días), Tete renunció a su puesto de operario en una
empresa de bujías. Tanque y Chizzo (taxista y plomero,
respectivamente, es decir, trabajadores independientes)
siguieron en lo suyo un tiempo más. Ese "somos los
mismos de siempre", una expresión que, a priori, atentaría
contra la naturaleza creativa y por ende cambiante del arte,
se convirtió en su marca de fábrica. Que alude, en verdad, a
lo extramusical, básicamente. "Los conocí en el '95,
porque ensayaba con mi banda en la misma sala que ellos. La
onda se armó gracias a un grupo de teatro con el cual hacíamos
teatralizaciones cuando tocaba La Renga. Así empezamos a
compartir asados. A lo mejor, muchos piensan que Tete, por
ejemplo, tiene una Ferrari. ¿Sabés qué coche tiene?: un
Dodge 1500. El otro día lo mandó a arreglar y se tomó el 5
para ir a ensayar", cuenta Gervasio quien, vale aclarar,
es amigo, músico y actor, también en ese orden de
prioridades.
Con el tiempo también, quizás, el fenómeno del rock barrial
sea visto como representación de una confusa pero única
expresión musical que enfrentó al menemismo. Entonces, por
rebeldía natural (más allá de ese manifiesto naïf que es
"El revelde") y actitud política, La Renga también
lo es. Chizzo, Tete y Tanque son, como miles de sus fans,
exponentes residuales de una izquierda difusa, no asumida, no
doctrinaria, la de tipos que tienen un poco de anarcos, otro
poco de conservadores, otro poco de mística peronista y
fundieron esos ingredientes en un cóctel de desesperanza
activa. La Renga actuó para las Madres, aún antes de aquel
enorme festival en cancha de Ferro, hace dos años ("Yo
escucho La Renga, me gusta su música. Y me gusta cómo son
ellos, chicos maravillosos que siempre nos apoyaron",
dijo una vez Hebe al No). Tocó para la familia de Walter
Bulacio, y para una nena, María Bernarda, que necesitaba ser
operada en Cuba, y para Jeremías, en Bariloche, y por el
hogar de los Carasucias, en la cancha de Nueva Chicago.
Siempre con perfil bajo, lejos de las cámaras. Su
prescindencia de los medios podría leerse como un temor
natural a la sobreexposición o como una táctica marketinera.
Lo cierto es que dan pocas notas porque no les gusta ni lo
necesitan y, curiosamente, sus fans –en este caso los más
perjudicados por la ausencia de información– abonan el
Dogma emparentando ese silencio con una suerte de principismo
ético. Es probable que, de cara al futuro, el riesgo mayor
para La Renga no sea la anemia creativa, ni la aparición de
bandas más inspiradas musicalmente, sino la presión afectiva
de sus seguidores.
*
Copyright © 1999 Página/12 | Todos los derechos reservados

|