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LA RENGA EN
FERRO: PURO ROCK AND ROLL, HONESTO Y TRABAJADOR
A todo
volumen, con el sello de los ‘70
El trío, una
de las bandas más convocantes del rock argentino, presentó
su último disco. Hubo aislados incidentes en las puertas de
ingreso. Una versión periodística atribuyó una muerte a una
pelea entre algunos de los asistentes al show del viernes.
En medio del
gentío del campo se abrió una zanja cavada por un tren de
fanáticos cubiertos bajo una gran bandera, liderados por un
pibe en cueros que enarbolaba una deslumbrante bengala roja.
Entonces Gustavo F. Nápoli, popularmente conocido como Chizzo,
carraspeó y rugió las primeras palabras de la noche: "¡Hola
a todos! Yo soy el león". Eso era el comienzo de "Panic
Show", una canción del último disco de La Renga, La
Esquina del Infinito. Para empezar eligieron dos trompadas,
porque luego vino "Motoralmaisangre", cuatro minutos
de metal que hablan de los secretos del viento y salir a la
ruta. Un buen resumen de la pasión aventurera del trío,
sobre todo de su cantante y guitarrista, que precisamente en
esa mística basó las mejores composiciones de su sensible,
inestable e irregular obra. Y el último disco, musicalizado
en clave heavy metal de los '70, (re)vuelve sobre esas
cuestiones. La presentación de esa última incursión a
estudios fue el pretexto para que 15 mil personas llegaran a
Ferro en el primero de los dos shows de una de las bandas más
populares del rock argentino. Que también arrastra sobre sí
el peso del prejuicio hacia sus fans, chicos de los barrios
profundos de Capital y Gran Buenos Aires que han hecho de esta
música cruda, a veces tosca, una bandera de militancia que se
refleja en una mística callejera de lealtades y excesos. Así
es que algunos medios reflejaron un incidente ocurrido en la
madrugada del sábado, en la estación de Liniers, con el
saldo de un muerto –se hablaba de una disputa entre fans de
los Redonditos de Ricota y La Renga– y lo relacionaron
directamente con el show del viernes, en donde sí hubo
problemas en las puertas de acceso. "Realmente no lo
puedo creer... También me llamaron de TN para decirme que
esto no tuvo nada que ver con el recital. Sí acá siempre
vienen pibes con remeras de los Redondos, Los Piojos... Voy a
hablar con nuestros abogados para ver qué podemos hacer. Pero
tengo años de recitales de La Renga y nunca pasó algo así",
le dijo a Página/12 Gaby, manager y virtual cuatro integrante
de la banda.
No fue la mejor noche de La Renga, seguro. No sonaron del
todo ensamblados, y por momentos Tanque (baterista) parecía
perder el ritmo inexplicablemente. Pero, se sabe, los mismos
de siempre (los seguidores incondicionales) no reparan en
detalles técnicos. Y si bien la temperatura ambiente estuvo
por debajo de las fechas más eufóricas del trío, no dejó
de ser un show adrenalínico, con algunos momentos de alta
tensión. "Cuándo vendrán", la primera aparición
en la velada de Despedazado por mil partes (tal vez su mejor
disco), inauguró la rueda de esos temas en que Chizzo jura
vender todo con tal de recuperar el instinto animal. Es la
idea base de la lírica del ex plomero de Mataderos: la vuelta
a esa suerte de estado salvaje desintegrado por la
racionalización y la instrucción social recibida. Más
tarde, Mónica Carranza, la mujer al mando de comedor infantil
Carasucias, se acercó al micrófono para agradecer entre
sollozos las colaboraciones: había una alcancía en la que
podían dejarse unos centavos "y hacer felices a un montón
de pibes", y la recaudación de la venta de remeras también
iría a parar allí. La banda volvió con "Al que he
sangrado", otro tema nuevo: Chizzo se retorcía de dolor
en un punteo de guitarra y Tete (bajista) se paraba con las
piernas abiertas y la melena al viento. Por momentos La Renga
entrega imágenes increíblemente anacrónicas, modales de
otra época rockera (los setenta, claramente). Pero no es más
que la saludable materialización del sueño de tres
trabajadores rockeros argentinos: sentirse Led Zeppelin frente
a una multitud desbordada. ¿De qué otra manera podrían
enfrentarlo?
"Ayer se festejó el Día de la Raza", comentó
Chizzo, esforzándose por encontrar las palabras adecuadas.
"Con este tema queremos reconocer a todas las tribus aborígenes",
completó y arrancó "Lo frágil de la locura", una
canción que cuenta un viaje revelador al norte argentino y
repasa las miserias de la civilización blanca conquistadora.
Después, la baladasombría "El cielo del desengaño",
cambió el clima y precedió la subida al escenario de Ricardo
Mollo (cantante de Divididos y coproductor de La Esquina del
Infinito), que con Chizzo y Manuel Montoya sumaron tres
guitarras sobre el escenario para el funk rudo "En
pie". "Arte infernal" fue dedicado a un pibe
que trabaja en una estación de servicio. Chizzo recordó la
anécdota: cierta vez fue a cargar nafta, y el chico que
manejaba el surtidor tenía el corazón destrozado por una
mujer, así que le pidió un consejo al cantante. Confundido,
Chizzo sólo le recomendó que escuchara un tema del que por
entonces sería el próximo álbum. Aquél, justamente. Luego
vendría una seguidilla de hits rematados en el final a puro
grito y reivindicación instintiva con "Hablando de la
libertad". Aquello de "morir queriendo ser libre,
encontrar mi lado salvaje" como mensaje definitivo,
entonado en un rock'n'roll épico como una tropa, para una
multitud que en ese instante no necesitaba más.
***
EL PUBLICO
MONTO SU PROPIO SHOW
Insoportablemente
vivos
En las
afueras y dentro del estadio de Ferro Carril Oeste había
tantos rostros del Che Guevara –en remeras, banderas rojas y
tatuajes–, que un espectador desprevenido podía pensar que
toda esa gente estaba ahí para celebrar un mítin político.
Error: estaban para ver un show de La Renga. Los
"rengos" están cada vez más politizados en sus símbolos:
conservan los trapos con consignas tomadas de letras de la
banda ("no existo más que para vos", "Y en qué
lugar habrá consuelo para mi locura") o del grupo con el
que comparten mística, Los Redonditos de Ricota
("Violencia es mentir"), pero cada vez se ven más
banderas de Cuba y hasta reclamos de libertad a los presos de
La Tablada. La estrella de la tapa del quinto disco, símbolo
de la estética guevarista, brillaba en todas partes.
Pero, sin embargo, el ritual de los shows de La Renga no ha
cambiado demasiado. Los cantos siguen siendo, parafraseando a
la banda, los mismos de siempre. Todavía piden "matar un
rati para vengar a Walter" y todavía arengan "el
que no salta es un botón". Antes del show, la música
para amenizar la espera fue de Los Redondos, Los Piojos y
Divididos, las otras bandas intocables: todo el mundo baila y
salta como si se tratara de un show más. Y siguen las
bengalas y los malabares con fuego durante "La balada del
Diablo y la Muerte". Los gestos, no por repetidos, dejan
de tener emoción: a esta altura, son necesarios e
inseparables del espectáculo. En el show del viernes fue
notable, además, el clima tranquilo, festivo, salvo en los
ingresos (ver nota central).
Lo que sí es cierto es que ya el público no es tan homogéneo
como en los primeros shows, en locales para menos de mil
personas. Hay muchos más adolescentes, y en las plateas se
acomodan padres cuarentones con hijos preadolescentes y niños.
Y todos conocen cada una de las canciones: la repetición de
las letras es parte del mito. Tantos para los que llegan con
banderas de Berisso y La Tablada, como para los de Palermo.
Hubo quienes vieron el show desde el balcón del edificio
pegado al estadio: la bandera que colgaron decía "yo
sigo acá, insoportablemente vivo".
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